Curiosidades sobre Apple: anécdotas, fracasos y genialidades

  • Apple nació con tres fundadores y decisiones tempranas que hoy valdrían miles de millones.
  • Su historia está llena de productos curiosos: Pippin, Newton, QuickTake o el ratón "hockey puck".
  • La marca cuida al extremo el diseño de logos, tiendas, empaquetado y hasta la hora de sus pantallas.
  • Entre éxitos icónicos como Mac o iPod y fracasos sonados, Apple ha construido un enorme legado cultural.

Curiosidades sobre Apple

Hablar de Apple hoy es hablar de una marca convertida en icono cultural: tecnología de gama alta, colas en cada lanzamiento y una legión de seguidores que se saben de memoria cada keynote. Pero detrás de esa imagen pulida hay una historia llena de anécdotas, experimentos rarísimos y decisiones que, vistas con perspectiva, son casi de ciencia ficción.

Desde intentos fallidos de vender ropa con el logo de la manzana hasta ordenadores que costaban 666,66 dólares, pasando por ratones imposibles de usar o demandas de científicos cabreados, el universo Apple está repleto de historias curiosas. Si te apetece bucear en ese lado más friki, divertido y a veces patinador de la compañía de Cupertino, ponte cómodo, porque vienen unas cuantas sorpresas.

Los inicios: tres fundadores y un garaje lleno de sueños

Uno de los datos que más se suele pasar por alto es que Apple no nació solo de la mano de Steve Jobs y Steve Wozniak. La compañía tuvo tres cofundadores: Jobs, Wozniak y Ronald Wayne. Este último diseñó el primer logotipo de la marca y redactó el contrato fundacional, pero tomó la que probablemente sea una de las peores decisiones financieras de la historia: abandonó la empresa apenas doce días después de su creación.

Wayne vendió su participación a Jobs y Wozniak por unos 800 dólares de la época. Aquellas acciones, con el paso de las décadas, habrían llegado a valer decenas de miles de millones. Años más tarde también se deshizo del contrato original que él mismo había redactado, por unos pocos cientos de dólares, documento que acabaría subastándose por más de un millón. Vamos, que si te lo cruzas por la calle y te vende algo, mejor cómpraselo, porque tiene tendencia a desprenderse de cosas que luego valen una fortuna.

La chispa inicial de Apple nació del empeño de Steve Wozniak por construir su propio ordenador. Inspirado por máquinas como el Altair 8800 a mediados de los 70, empezó a diseñar lo que terminaría siendo el Apple I. Animado por amigos comunes, se asoció con Steve Jobs, que por entonces tenía poco más de veinte años, y trasladaron su pequeña aventura al mítico garaje de la familia Jobs.

Aquella operación fue todo menos glamurosa: para financiar la producción de las primeras placas, Jobs vendió su furgoneta y Wozniak se desprendió de su calculadora programable. Ese espíritu de “lo vendemos todo y ya veremos” acabaría transformándose en una de las empresas más valiosas del planeta.

Apple se estrenó en Bolsa en 1980 con unas acciones que salieron a unos 22 dólares por título. Con los splits y la revalorización acumulada, una sola acción de entonces valdría hoy miles de dólares. No está mal para una compañía que empezó literalmente en un garaje con componentes reciclados.

Del logo barroco a la manzana mordida

El primer símbolo de Apple poco tenía que ver con la manzana minimalista que todo el mundo reconoce hoy. Ronald Wayne dibujó un logotipo extremadamente complejo: un marco con ornamentación clásica, Isaac Newton sentado bajo un manzano leyendo un libro y una cita en inglés antiguo rodeando la escena. Bonito para un grabado, pero un auténtico desastre para imprimir en cajas, folletos o carcasas.

Steve Jobs vio rápidamente el problema: aquel emblema era imposible de escalar, reproducir y asociar a una marca tecnológica moderna. Por eso, en 1977, encargó un rediseño a Rob Janoff, que dio forma a la famosa manzana mordida con franjas de colores, un guiño directo al Apple II, uno de los primeros ordenadores personales con pantalla a color.

Con los años han surgido teorías sobre el mordisco de la manzana. Una de las más repetidas conecta el término inglés “bite” (mordisco) con “byte”, unidad básica de información digital. Más allá de si fue intencionado o no, la historia encaja tan bien con el espíritu geek de Apple que se ha instalado en el imaginario colectivo.

Antes de eso, el logo de Newton apenas duró un suspiro. Jobs lo consideraba anticuado y poco práctico, algo totalmente alejado de la imagen simple y reconocible que quería para los productos que empezaban a fabricar. Aquella decisión de simplificar marcó el tono de todo el diseño posterior de la compañía.

Macintosh, Lisa y otros nombres con mucha miga

Uno de los nombres más míticos del catálogo de Apple es Macintosh, abreviado mundialmente a Mac. Lo curioso es que no salió de Jobs directamente, sino de Jeff Raskin, un empleado enamorado de las manzanas McIntosh, una variedad muy popular en Estados Unidos. Para evitar problemas legales con la marca de fruta, modificaron ligeramente la ortografía y se quedó en “Macintosh”.

La primera Macintosh se presentó el 24 de enero de 1984 y fue uno de los primeros ordenadores personales con interfaz gráfica pensada para el gran público. Jobs llegó a barajar nombres tan extravagantes como “Bicycle” (bicicleta), convencido de que el ordenador era “la bicicleta de la mente”, pero la propuesta no convenció a los ejecutivos. A día de hoy cuesta imaginarse a alguien diciendo “he encendido mi Bicycle”.

Otro nombre con historia es el de Lisa, una de las máquinas más avanzadas —y fracasadas— de Apple en los 80. Este ordenador, lanzado en 1983, incorporaba una interfaz gráfica sofisticada, una pantalla integrada y el primer ratón de Apple. Su denominación oficial respondía a las siglas “Logical Integrated Software Architecture”, aunque todo el mundo sabe que también hacía referencia a la hija de Steve Jobs, con la que él mantuvo una relación complicada durante años.

El problema de Lisa no era tanto la tecnología como el precio: se vendía por cerca de 10.000 dólares de la época, una barbaridad para un ordenador de sobremesa. Las ventas fueron tan bajas que no llegó ni siquiera a las 100.000 unidades. Hoy, precisamente por su escasez, un Lisa en buen estado puede alcanzar cifras muy jugosas en subastas de coleccionistas.

Apple I, precios diabólicos y ordenadores de coleccionista

El primer ordenador comercial de Apple, el Apple I, fue básicamente una placa base montada a mano por Wozniak. Lo más llamativo es que se vendía por un precio muy concreto: 666,66 dólares. Wozniak afirmaba que no había ninguna intención satánica detrás; simplemente le gustaban las cifras repetidas y era fácil de teclear y recordar.

Aquellas primeras unidades se vendieron en cantidades reducidas y sin carcasa ni periféricos. El comprador tenía que aportar el teclado, la fuente de alimentación y el monitor. Con el tiempo, estos Apple I se han convertido en auténticas piezas de museo. Algunas subastas recientes los han adjudicado por cientos de miles de dólares, e incluso se han visto cifras en torno al millón.

Según diversas fuentes, de los Apple I originales quedan en circulación apenas unas decenas, muchas de ellas restauradas y certificadas. El salto desde aquellos circuitos montados casi artesanalmente hasta los MacBook ultrafinos de hoy ilustra bien hasta qué punto la compañía ha evolucionado en apenas unas décadas.

La hora mágica de Apple: 9:41

Si te fijas con atención, en la mayoría de imágenes promocionales de iPhone y iPad aparece siempre la misma hora en pantalla: las 9:41 de la mañana. No es casualidad ni un capricho de diseño arbitrario. Esa fue la hora aproximada en la que Steve Jobs presentó el primer iPhone en 2007, durante una keynote que ya es historia de la tecnología. Si usas un iPad, puedes aprovechar aplicaciones para iPad en oferta que mejoran la experiencia.

En el momento en que Jobs pronunció la frase “Hoy Apple va a reinventar el teléfono”, el iPhone que aparecía proyectado detrás marcaba las 9:41. Justo al terminar la frase, el reloj de la diapositiva cambiaba a las 9:42, que fue durante un tiempo la hora estándar usada en otros productos. Más adelante se unificó en 9:41 como guiño a aquel momento clave.

Este tipo de detalles obsesivos es muy característico de Apple. Desde la hora de las capturas hasta el empaquetado, buena parte de la magia de la marca se apoya en un control casi enfermizo de la puesta en escena. Incluso la organización interna de las mesas en las Apple Store está registrada como diseño propio.

Ropa, cafeterías y otros inventos que no salieron tan bien

No todo lo que ha tocado Apple se ha convertido en oro. A mediados de los años 80, durante la primera etapa sin Steve Jobs al frente, la compañía se lanzó a un negocio que hoy puede sonar surrealista: una línea de ropa y accesorios llamada “The Apple Collection”. Incluía camisetas, camisas, sudaderas, cinturones, gorras y hasta mochilas con el logo arcoíris de la marca.

El catálogo iba mucho más allá de la moda: se vendían también relojes, navajas multiusos con la manzana, cantimploras, fiambreras, toallas, sombrillas e incluso una vela de señalización para embarcaciones. El resultado visual era una mezcla entre merch corporativa ochentera y catálogo de bazar, todo muy colorido pero difícil de encajar en el mercado masivo.

La colección fue un fracaso comercial y no tardó en desaparecer. Lo irónico es que hoy muchas de esas prendas son auténticos objetos de coleccionista, que se subastan por cientos o miles de euros entre fans de la marca y amantes de lo retro. De aquella aventura queda la lección de que, por muy fuerte que sea la marca, no todo el mundo quiere ir vestido literalmente de Apple.

En los años 90 surgió otra idea curiosa: el llamado Apple Café. Se trataba de un concepto de local en el que los usuarios pudieran probar ordenadores de la marca, navegar por internet y, de paso, comer o tomar algo. Una especie de precursor de los cibercafés, pero con todo el ADN de Cupertino. El proyecto nunca llegó a materializarse como cadena global, aunque muchos analistas consideran que sirvió de base conceptual para las Apple Store que conocemos hoy.

Apple también jugó a las consolas y a las PDA

En su afán por explorar nuevos mercados, Apple también probó suerte en terrenos donde hoy casi nadie la asocia. Uno de los experimentos más llamativos fue la consola Pippin, lanzada en los 90 en colaboración con la japonesa Bandai. La máquina podía ejecutar videojuegos, reproducir CD y conectarse a internet, pero llegó con varios problemas de base.

La Pippin era claramente más cara que sus rivales directas: costaba aproximadamente el doble que una PlayStation original y bastante más que una Nintendo 64. A eso se sumaba un catálogo escaso, gráficos flojos y una ejecución técnica poco afinada. El resultado fue previsible: ventas testimoniales y retirada del mercado en cuestión de meses.

Antes de los iPad, Apple también lanzó un dispositivo adelantado a su tiempo, pero que terminó siendo un fiasco comercial: la PDA Newton. Tardaron más de una década en desarrollarla y apostaba por funciones entonces muy futuristas, como el reconocimiento de escritura a mano. El problema fue que la tecnología no estaba lo suficientemente madura y el precio era elevado, así que nunca terminó de calar en el gran público. Hoy hay recursos para sacar partido a Chrome en un iPad que muestran hasta dónde puede llegar la plataforma.

El iPod, un nombre sacado del cine y un huevo de Pascua oculto

Cuando Apple decidió entrar en el mercado de los reproductores de música, Steve Jobs tenía clarísimo el mensaje que quería transmitir: “mil canciones en tu bolsillo”. Lo que no estaba tan claro era el nombre del aparato. El publicista Vinnie Chieco, colaborador de la compañía, se inspiró en la película “2001: Una odisea del espacio”.

En el film, el protagonista pronuncia la famosa frase “Open the pod bay doors, HAL!”, y a partir de ese “pod” surgió la idea de bautizar el dispositivo como iPod, añadiendo el ya clásico prefijo “i” que Apple venía utilizando en otros productos y servicios. El nombre terminó encajando a la perfección con la filosofía minimalista del aparato.

El primer iPod llegó en 2001 con 5 GB de capacidad, una pequeña pantalla monocroma y una rueda de control física que giraba de verdad. No era el primero de su clase, pero era más compacto y mejor resuelto que la mayoría de reproductores de la época, y sobre todo se benefició de una campaña de marketing potentísima. Primero fue exclusivo para Mac y solo más tarde llegó la compatibilidad con Windows.

Lo que muchos no saben es que el primer modelo escondía un pequeño huevo de Pascua en forma de videojuego. Si el usuario iba al menú “Acerca de” y mantenía pulsado el botón central durante unos segundos, aparecía en pantalla una versión jugable de “Breakout”, el clásico título de Atari en el que participaron, precisamente, Steve Wozniak y Steve Jobs en sus primeros años como ingenieros.

Cámaras, ratones raros y ordenadores casi a prueba de balas

Mucho antes de que el iPhone se convirtiera en una especie de cámara semi profesional en el bolsillo, Apple ya había coqueteado con la fotografía digital. En 1994 lanzó la QuickTake 100, una de las primeras cámaras digitales en color para el gran consumo en Estados Unidos. Tenía 1 MB de memoria interna, resolución inferior a un megapíxel y se conectaba al Mac mediante un puerto serie.

Aquella cámara fue desarrollada en colaboración con Kodak y se vendía por unos 749 dólares. No tenía pantalla para previsualizar las fotos y su calidad hoy nos parece prehistórica, pero en su momento abría la puerta a un nuevo modo de entender la fotografía doméstica. A la QuickTake 100 le siguieron la 150, compatible también con Windows, y la 200, fruto de un acuerdo con Fujifilm.

Apple tampoco ha estado exenta de decisiones de diseño polémicas. Un ejemplo mítico es el ratón del iMac G3, apodado “hockey puck” por su forma circular. Estéticamente era rompedor, a juego con los colores del iMac, pero en la práctica resultaba incomodísimo: casi no había referencias táctiles para saber cómo lo estabas agarrando y era fácil usarlo torcido sin darte cuenta. Muchos usuarios terminaron pegándole una marca para orientarse.

Entre las historias más llamativas circula la de un usuario brasileño cuyo MacBook detuvo el impacto de una bala durante un intento de robo. El portátil quedó dañado, pero llegó a encender después del incidente. Más allá de la anécdota, la anécdota reforzó la sensación de que algunos equipos de Apple son, literalmente, duros de pelar.

Tiendas, diseño extremo y sensores ocultos

La obsesión por el detalle en Apple no se limita a los productos; también se extiende a sus espacios físicos. Las Apple Store están registradas como obras de diseño industrial, incluyendo la distribución de las mesas, el tipo de iluminación, los materiales empleados y elementos icónicos como las escaleras de cristal.

La sede central de la compañía, el Apple Park en Cupertino, también va en esa línea de perfeccionismo. Diseñada por Norman Foster, costó más de 5.000 millones de dólares y alberga a unas 12.000 personas. Entre sus curiosidades se encuentra incluso una pizzería propia, para la cual Apple diseñó hasta una caja específica con forma redondeada para que la pizza no se humedezca con el vapor.

Durante años, muchos dispositivos de la marca incorporaron sensores de humedad ocultos que cambiaban de color cuando entraban en contacto con el agua. Su función era ayudar al servicio técnico a determinar si un iPhone o un MacBook habían sufrido daños por líquidos, algo que solía implicar la pérdida de la garantía. Mucha gente descubría la existencia de estos sensores al llevar su aparato al SAT y encontrarse con que su reparación no estaba cubierta.

En paralelo, Apple ha llevado la confidencialidad a niveles casi paranoicos. En el desarrollo del primer iPhone, varios ingenieros trabajaban con identidades en clave incluso en los correos corporativos, y ni sus parejas sabían en qué proyecto concreto estaban. Los equipos se compartimentaban para que nadie tuviera la visión completa del producto hasta muy cerca de su lanzamiento.

Carl Sagan, iTunes y otros choques curiosos

En los años 90, los ingenieros de Apple utilizaron el nombre del astrónomo Carl Sagan como nombre en clave para el Power Mac 7100, con la idea de que la máquina generara “miles de millones y miles de millones” de beneficios, en alusión a la famosa frase asociada al científico. Cuando Sagan se enteró, demandó a la compañía por utilizar su nombre sin permiso.

Para salir del paso y esquivar el problema legal, Apple cambió el nombre interno del proyecto a las siglas “BHA”, abreviatura de “Butt-Head Astronomer” (algo así como “astrónomo cabezahueca”). El episodio terminó generando aún más fricción y obligó a la empresa a recular. Hoy se recuerda como una de las anécdotas más surrealistas entre ciencia y tecnología comercial.

Otro protagonista involuntario de la historia reciente de Apple es iTunes. El programa nació en 2001 como centro neurálgico para gestionar música y, con los años, se fue convirtiendo en un auténtico monstruo multipropósito que muchos usuarios encontraban confuso y lento. Tras casi dos décadas y muchas quejas, Apple terminó desmantelándolo en macOS, sustituyéndolo por aplicaciones separadas para música, TV y podcasts.

Mientras tanto, la compañía mira al futuro con proyectos como el coche autónomo, del que apenas se conocen detalles oficiales. Se sabe, por registros públicos, que Apple ha tenido decenas de vehículos de pruebas circulando por California. Entre bromas, más de uno ha señalado que, si dependieran exclusivamente de la app Mapas de Apple en sus primeras versiones, alguno habría acabado en medio del océano.

A lo largo de todas estas décadas, Apple ha combinado aciertos históricos con golpes de timón, meteduras de pata y maniobras tan curiosas como lanzar ropa, cafeterías conceptuales o consolas poco competitivas. Esa mezcla de genialidad y riesgo constante es, en buena medida, lo que alimenta tantas historias, mitos y curiosidades alrededor de la manzana mordida, y lo que hace que seguir su trayectoria sea casi tan entretenido como usar sus dispositivos.

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