La gran apuesta de Apple para este año, iOS 26, no está calando entre los usuarios de iPhone como la compañía esperaba. Pese a llegar con un cambio de diseño profundo, nuevas animaciones y un marcado giro estético con Liquid Glass, los datos de uso que se manejan en estos primeros meses apuntan a una adopción mucho más lenta de lo habitual.
A falta de cifras oficiales, las estimaciones de diferentes firmas de analítica sugieren que iOS 26 podría convertirse en una de las versiones menos instaladas de la historia reciente de iOS. El escenario es especialmente llamativo si se compara con el éxito de iOS 18, que en un periodo similar había conquistado a más de la mitad de los usuarios activos de iPhone en todo el mundo.
Un lanzamiento frío para una versión llamada a ser histórica

iOS 26 llegó en septiembre con el cartel de gran revolución visual. El nuevo lenguaje de diseño, bautizado como Liquid Glass, introduce capas translúcidas, reflejos y efectos de profundidad que sustituyen a la interfaz clásica, más opaca y sobria, que llevaba acompañando a los usuarios desde hace años.
En teoría, era la actualización perfecta para dar un lavado de cara a los iPhone compatibes. Apple presumió durante el verano de que la beta de iOS 26 era «la más popular de su historia», con millones de usuarios probando las novedades por adelantado. Había expectación y ganas de experimentar con ese «nuevo futuro» que la compañía prometía desde la WWDC.
Sin embargo, una vez lanzada la versión final, el entusiasmo inicial ha ido perdiendo fuerza. Según los datos que se están publicando, la instalación de iOS 26 avanza a un ritmo inusualmente lento, y una mayoría amplia de propietarios de iPhone ha decidido, de momento, quedarse donde está.
La situación resulta especialmente llamativa en Europa y en mercados maduros como España, donde históricamente los usuarios de iPhone suelen actualizar muy rápido por costumbre, por confianza en el ecosistema de Apple y por la presión de las propias apps, que pronto dejan de soportar versiones antiguas.
Las cifras que pintan a iOS 26 como un fracaso
Buena parte de la percepción de fracaso de iOS 26 viene de las estadísticas de StatCounter, una firma que analiza el tráfico en la web para estimar el uso de sistemas operativos. Sus registros recientes dibujan un panorama poco halagüeño para la nueva versión del sistema.
De acuerdo con estos datos, solo alrededor del 15‑16 % de los iPhone activos habrían dado el salto a iOS 26. Las diferentes subversiones suman aproximadamente esa cuota: iOS 26.1 ronda el 10,6 % de los dispositivos, iOS 26.2 se sitúa en torno al 4,6 % y la edición inicial, iOS 26.0, apenas rozaría el 1,1 %.
En el otro lado del gráfico, iOS 18 sigue dominando con claridad el parque de iPhone. Versiones como iOS 18.7 y iOS 18.6 concentran la mayor parte de la base de usuarios, hasta el punto de que más del 60 % de los dispositivos se mantiene todavía en esa generación del sistema. El resto de teléfonos se reparte entre revisiones más antiguas.
Si se compara con el comportamiento de años anteriores, la diferencia es contundente: en torno a enero del año pasado iOS 18 ya estaba instalado en aproximadamente el 60 % de los iPhone, y otras versiones previas, como iOS 17 o iOS 16, superaron el 50 % largo a estas alturas tras su lanzamiento. Frente a eso, el 15‑16 % que se adjudica a iOS 26 parece, como mínimo, preocupante.
Una adopción mucho más lenta que en versiones anteriores
El contraste se ve también en sitios muy seguidos por los usuarios más entusiastas de Apple. En medios especializados se apunta a que incluso entre la audiencia más tecnófila el salto a iOS 26 está siendo más tímido de lo habitual, con porcentajes de uso de iOS 18 todavía muy por encima de lo que se veía en ciclos anteriores.
En la redacción de algunas webs europeas se ha recurrido a revisar sus propios datos internos de acceso para tomar el pulso a la adopción. En portales centrados en iPhone y iPad, los registros recientes muestran una realidad más matizada: en diciembre, algo más de la mitad de los lectores que accedían desde un iPhone lo hacían ya con iOS 26, y en enero el porcentaje subía hasta rondar el 70 %.
Esas cifras internas, sin embargo, corresponden a una audiencia muy concreta: usuarios que leen a menudo sobre tecnología, que suelen actualizar pronto y que, en muchos casos, habían instalado incluso las betas. Si incluso en ese perfil más activo el ritmo ha sido algo más lento que en años anteriores, es razonable pensar que en el conjunto de la población la adopción general esté por debajo.
El mensaje que acaba calando es que iOS 26 no está replicando el patrón de adopción rápida que Apple ha disfrutado durante la última década. No se trata de un pequeño bache, sino de un frenazo visible en casi todos los indicadores que miran a esta versión.
Liquid Glass: un rediseño que no termina de convencer
Buena parte de la incertidumbre en torno a iOS 26 gira en torno a Liquid Glass, el nuevo diseño que transforma la apariencia del sistema. Fondos suavemente difuminados, tarjetas semitransparentes, transiciones más llamativas… sobre el papel, se trataba de un intento de modernizar la interfaz y darle un aspecto más ligero.
En la práctica, el cambio ha resultado divisivo. Hay usuarios a los que el nuevo estilo les parece recargado, poco claro e incluso molesto en el día a día. La sensación de estar ante una especie de cristal brillante por todas partes genera rechazo en quienes preferían la sobriedad anterior, sobre todo en pantallas pequeñas o con mucha luz ambiental.
Apple ha reaccionado con rapidez a las críticas y, en una de las primeras revisiones de la versión, introdujo controles para reducir la intensidad de los efectos de Liquid Glass. Esa marcha atrás parcial se interpreta como una señal clara de que la compañía es consciente de que el rediseño no ha sido recibido con el entusiasmo que esperaba.
A eso se suma un problema de coherencia: las grandes aplicaciones, como los navegadores más populares, han adoptado relativamente rápido el nuevo lenguaje visual, pero una gran cantidad de apps de terceros va mucho más despacio. El resultado es un sistema a medio camino, con pantallas que abrazan Liquid Glass y otras que parecen sacadas todavía de iOS 18.
Para muchos usuarios, esa mezcla de estilos rompe una de las señas de identidad históricas de iOS: la sensación de uniformidad y consistencia en todo el sistema. Cuando cada aplicación parece regirse por un conjunto distinto de reglas visuales, la experiencia pierde cohesión y el cambio se percibe más como un capricho estético que como una mejora real.
El efecto psicológico del salto «del 18 al 26»
Más allá de lo puramente visual, hay otro factor que parece pesar en la decisión de actualizar: el propio número de versión. Apple decidió alinear iOS con el año natural y pasó de iOS 18 a iOS 26, un salto numérico brusco que muchos usuarios interpretan como un cambio radical.
Para los más avanzados, ese detalle es anecdótico. Pero para el usuario medio que solo mira la notificación en Ajustes, pasar de 18 a 26 suena a transformación profunda, con todo lo que ello implica: miedo a perder rendimiento, dudas sobre la compatibilidad de apps o temor a que su iPhone «se quede viejo» de repente.
En tiendas físicas y servicios técnicos, es habitual escuchar comentarios de clientes que prefieren mantener el sistema tal y como está porque «ya les va bien». Si a esa percepción se suma el ruido generado en redes sociales sobre el diseño de Liquid Glass, el cóctel perfecto para el inmovilismo está servido.
El contexto no ayuda: iOS 18 ha envejecido muy bien. Sigue siendo un sistema estable, rápido en la mayoría de modelos compatibles y, para la inmensa mayoría, más que suficiente para el uso diario. Cuando lo que ya tienes funciona sin problemas, la motivación para arriesgarse con una gran actualización se reduce drásticamente.
Menos presión para actualizar: iOS 18 sigue recibiendo parches
Otro aspecto clave a la hora de entender por qué iOS 26 se percibe como un fracaso es la política de actualizaciones. Apple continúa lanzando parches de seguridad para iOS 18, algo que hace unos años no era tan prolongado ni tan frecuente para versiones anteriores.
Esto tiene una consecuencia directa: quedarse en iOS 18 ya no se siente como una decisión arriesgada en términos de seguridad. Quienes optan por no dar el salto a iOS 26 pueden seguir usando su iPhone con la tranquilidad de que las vulnerabilidades más importantes se siguen corrigiendo.
En mercados como España, donde muchos usuarios estiran sus dispositivos varios años antes de cambiarlos, este detalle cobra aún más importancia. Quien tiene un iPhone XR o un iPhone XS, modelos que se han quedado fuera de la lista oficial de compatibilidad con iOS 26, puede seguir en iOS 18 con actualizaciones de seguridad y rendimiento razonablemente buenas.
Sin esa sensación de «obligación» para mantener el móvil protegido, la urgencia por actualizar desaparece. La actualización deja de ser vista como un requisito técnico y pasa a ser una elección voluntaria, que muchos postergan a la espera de ver si los problemas iniciales se resuelven o si la experiencia mejora con nuevas versiones.
El resultado es un círculo difícil de romper: quien duda, espera; quien espera, escucha más críticas que elogios; y cuanto más se alarga ese periodo de incertidumbre, más se consolida la idea de que iOS 26 no merece tanto la pena como Apple prometía.
¿Está iOS 26 realmente entre los peores lanzamientos de Apple?
Con todos estos elementos sobre la mesa, la gran pregunta es evidente: ¿estamos realmente ante uno de los peores lanzamientos de iOS en términos de adopción? Los datos que señalan a un 15‑16 % de instalación invitan a pensarlo, pero conviene matizar.
Las cifras de StatCounter se basan en el análisis de tráfico web y del navegador, no en un recuento directo de instalaciones. Eso significa que podrían estar sesgadas si el método de detección no reconoce correctamente la versión del sistema o si determinados perfiles de usuario navegan menos por la web y más por apps.
Otras plataformas de análisis que miden a través de las propias aplicaciones, como TelemetryDeck, apuntan a porcentajes de adopción claramente superiores, cercanos al 60 % de usuarios activos en iOS 26. Esa visión encaja mejor con lo que se ve en sitios de referencia en el ámbito tecnológico y con las experiencias de algunos desarrolladores.
Aun así, incluso tomando los datos más generosos, la sensación generalizada en el sector es que iOS 26 no ha logrado el mismo tirón que versiones anteriores. El cambio de diseño, la confusión con la numeración y la falta de presión por seguridad han pesado más que las novedades anunciadas.
Hasta que Apple publique estadísticas oficiales, algo que suele suceder un par de veces al año y que podría llegar en cualquier momento, el debate seguirá abierto. Pero la narrativa que domina ahora mismo, especialmente en Europa, es que iOS 26 «no termina de arrancar» y que buena parte de los usuarios ha decidido, de momento, darle la espalda.
iOS 27, el «Snow Leopard» que debe arreglar el desaguisado
En este contexto, todas las miradas se dirigen ya a iOS 27. Según distintos analistas y filtraciones, Apple habría tomado nota del mal sabor de boca que está dejando iOS 26 y prepara una actualización mucho más conservadora en lo visual, centrada en pulir lo que ya está encima de la mesa.
Las informaciones que circulan hablan de un enfoque similar al de Mac OS X Snow Leopard o iOS 12: menos fuegos artificiales, más trabajo bajo el capó. Rendimiento, estabilidad, correcciones internas y una integración más fina de Apple Intelligence serían los puntos clave del próximo lanzamiento.
Ese giro tiene lógica: si iOS 26 se percibe como una actualización arriesgada, iOS 27 debe presentarse como la versión que lo estabiliza todo. Un sistema que mantenga las ideas válidas del rediseño de Liquid Glass, pero que reduzca los excesos, mejore la consistencia entre apps y recupere la confianza de quienes no han querido moverse de iOS 18.
Apple se enfrenta así a un reto poco habitual para la compañía en los últimos años: convencer a una base de usuarios reticente a actualizar en masa. No basta con añadir funciones llamativas o animaciones más espectaculares; el mensaje tendrá que centrarse en la comodidad, la seguridad a largo plazo y la sensación de que el cambio merece de verdad la pena.
Mientras tanto, iOS 26 queda en una posición incómoda: es la versión que marca un punto de inflexión en el diseño, pero también la que está pagando el precio del rechazo inicial. Si Apple logra que iOS 27 sea visto como la revisión «seria» y madura de ese cambio, es probable que dentro de unos años se recuerde a iOS 26 como el experimento que abrió el camino, aunque a corto plazo su etiqueta siga siendo la de un pequeño fracaso.
Con todas estas piezas encajando, el retrato que se dibuja es el de un sistema operativo ambicioso en lo estético pero recibido con frialdad, un iOS 26 que ha chocado con la realidad de usuarios que priorizan estabilidad, familiaridad y seguridad frente a cambios visuales agresivos, y un Apple que ya trabaja en corregir el rumbo con una próxima versión llamada a calmar las aguas.