Las cifras que manejan tanto Microsoft como grandes actores de la industria, como Dell, dibujan un escenario de transición mucho más lenta de lo previsto. Hay equipos que no pueden actualizar por requisitos técnicos, y muchos otros que simplemente no quieren cambiar, aunque sean compatibles. En Europa y en España, donde el ordenador suele “estirarse” hasta que no da más de sí, el fenómeno se nota especialmente.
500 millones de ordenadores compatibles que siguen en Windows 10

El dato más repetido en las últimas semanas viene de Jeffrey Clarke, director de Operaciones de Dell. Durante la presentación de resultados del tercer trimestre, el ejecutivo detalló que, sobre una base de alrededor de 1.500 millones de PC con Windows en uso, hay unos 500 millones que podrían ejecutar Windows 11 pero no se han actualizado. Es decir, la mitad de los equipos que siguen en Windows 10 lo hacen por decisión del usuario, no por limitaciones técnicas.
Clarke subrayó que esa enorme masa de ordenadores representa para la industria “ricas oportunidades para actualizar a Windows 11 y a tecnología moderna”, incluyendo los llamados PC con inteligencia artificial. Desde la óptica de un fabricante, cada equipo que aguanta con Windows 10 es, en potencia, una venta de un nuevo ordenador más potente y adaptado a las últimas funciones.
Las declaraciones del directivo de Dell aportan además un punto de referencia que hasta ahora no era tan claro: es la primera vez que se pone cifra concreta a los equipos que han pospuesto la actualización a Windows 11. Microsoft hablaba de que “cerca de mil millones de personas confían en Windows 11”, pero contaba usuarios, no máquinas, lo que hacía difícil saber cuántos PC reales habían dado el salto.
Este desfase también se nota al comparar con la transición anterior: Dell admite que la adopción de Windows 11 va entre 10 y 12 puntos por detrás de lo que ocurrió con Windows 10 cuando sustituyó a Windows 7. A pesar de las campañas, avisos y recordatorios, buena parte del público prefiere aguantar con su sistema actual.
Otros 500 millones de PC ni siquiera pueden actualizar a Windows 11

El otro gran bloque que complica la situación está formado por unos 500 millones de equipos que, aun funcionando bien, no cumplen los requisitos de Windows 11. Se trata en general de ordenadores con alrededor de cuatro años de antigüedad (o más) que no disponen de procesadores suficientemente recientes o carecen de elementos clave como el chip de seguridad TPM 2.0.
Estos requisitos han dejado fuera a una parte considerable del parque instalado, incluyendo muchos PC que en el día a día siguen rindiendo sin problemas para tareas ofimáticas, navegación o uso doméstico. En la práctica, la única vía “oficial” para ellos pasa por seguir con Windows 10 sin soporte o comprar un ordenador nuevo con Windows 11 preinstalado.
La consecuencia es un volumen enorme de máquinas que corren el riesgo de quedar señaladas como obsoletas a pesar de que, desde el punto de vista del usuario, no haya una necesidad real de renovación inmediata. Esta desconexión entre los ciclos de soporte del software y la vida útil del hardware es una de las críticas más repetidas por organizaciones y expertos en consumo.
Según estimaciones de firmas de análisis como Canalys, la imposibilidad de actualizar todos estos PC a Windows 11 podría traducirse en cientos de miles de toneladas de residuos electrónicos si buena parte de ellos se sustituyen antes de tiempo. Colectivos dedicados a la defensa del consumidor han advertido de que este tipo de decisiones puede chocar con los objetivos ambientales proclamados por la propia Microsoft y por las instituciones europeas.
Un parque global de 1.500 millones de PC… y un mercado que se frena
Juntando ambas cifras, Dell sitúa la “base instalada” de PC con Windows en torno a los 1.500 millones de equipos. De ellos, unos 1.000 millones seguirían en Windows 10: 500 millones porque no pueden actualizarse y otros 500 millones porque no han querido hacerlo, pese a ser compatibles. Eso dejaría alrededor de un tercio del total en Windows 11, un porcentaje más conservador que el de otras métricas.
En paralelo, herramientas de medición como StatCounter señalan que, a escala global, Windows 11 ha ido ganando peso hasta rondar o superar la mitad de la cuota dentro del ecosistema Windows. No obstante, estos datos se basan en muestras de tráfico web y pueden diferir de las estadísticas que manejan los fabricantes, que ven el parque real de máquinas activas.
Lo que sí parece claro es que la industria del PC no está experimentando el “superciclo” de renovación que algunos esperaban tras el fin del soporte de Windows 10. El propio Clarke ha anticipado que el mercado de ordenadores de consumo y empresa se mantendrá bastante plano durante el próximo año, a pesar del tirón de los servidores y equipos especializados para inteligencia artificial.
Para fabricantes como Dell, esta situación tiene dos caras: por un lado, las ventas de PC tradicionales avanzan con más calma de la prevista; por otro, el negocio de servidores, equipos de red y hardware para cargas de IA sí está disparado, con miles de millones de dólares en pedidos y un fuerte incremento interanual en ingresos.
España y Europa: medio parque aún “abonado” a Windows 10
Si bajamos la lupa a nuestro entorno, distintas fuentes que analizan el mercado apuntan a que en España alrededor de la mitad de los ordenadores de sobremesa siguen funcionando con Windows 10. Windows 11 ha ido ganando peso, pero, según datos recogidos a partir de servicios como StatCounter y medios especializados, se mueve claramente por detrás, en torno a un tercio del parque o algo menos, dependiendo del mes y la fuente.
Traducido a números sencillos, esto significa que de cada diez PC con Windows en España, unos cinco siguen anclados en Windows 10 a pesar del fin oficial de las actualizaciones de seguridad en octubre de 2025. El resto se reparte entre Windows 11 y, en menor medida, versiones más antiguas que todavía sobreviven en ciertos entornos.
A nivel europeo, el patrón es parecido: la adopción de Windows 11 avanza, pero arrastra los mismos problemas de compatibilidad y de percepción. Muchos equipos de oficina, sobre todo en pymes y administraciones con presupuestos ajustados, no cumplen los requisitos de hardware al pie de la letra, y cambiar todo el parque en bloque no siempre es viable.
Además, en países como España es habitual que el ciclo de vida de un ordenador se alargue bastante más de los tres o cuatro años que a menudo toma como referencia la industria. Mientras el PC encienda, permita trabajar y no dé fallos graves, la presión para renovarlo suele ser baja, especialmente en un contexto de subida de precios de componentes como la memoria RAM o el almacenamiento.
Coste, requisitos y desconfianza: las razones para no actualizar
Las conversaciones en torno a Windows 11 suelen girar sobre tres factores principales: el coste de cambiar de equipo, los requisitos técnicos y la experiencia de uso. Muchos usuarios se encuentran con que, aun queriendo, no pueden actualizar por el procesador o por la falta de TPM 2.0. Otros, directamente, consideran que no merece la pena hacerlo.
En primer lugar, está el bolsillo. Renovar un PC que todavía funciona bien solo para cumplir con las condiciones de un nuevo sistema operativo no entra en los planes de muchos hogares y pequeñas empresas, más aún con la inflación reciente y el incremento del precio de ciertos componentes. Ahorrar unos años más y exprimir al máximo el equipo suele verse como una opción razonable.
En segundo lugar, influye la percepción de que Windows 11 introduce cambios que no todos consideran positivos. Entre las críticas más habituales aparecen el mayor consumo de recursos, la presencia de aplicaciones y servicios preinstalados que no se usan, la integración cada vez más profunda de funciones ligadas a la nube y a la inteligencia artificial, y las dudas sobre el nivel de privacidad frente a versiones anteriores; además, han surgido problemas en SSD tras ciertas actualizaciones.
A esto se añade el factor costumbre: Windows 10 se percibe como un sistema estable, conocido y que “funciona”. Para una buena parte de usuarios, especialmente los menos interesados en novedades, el planteamiento es claro: si el sistema actual va bien y permite hacer el trabajo diario, no hay urgencia en cambiar, y menos si ello implica gastarse dinero en hardware nuevo.
Desde el lado de los fabricantes, sin embargo, esa falta de prisa se interpreta como un freno para la renovación tecnológica. De ahí que Dell y otras compañías hablen abiertamente de “oportunidades” alrededor de esos 1.000 millones de equipos todavía en Windows 10, confiando en que las nuevas funciones basadas en IA sirvan, con el tiempo, como palanca para convencer a los indecisos.
La fotografía que dibujan los propios datos de la industria y las herramientas de medición es la de un ecosistema Windows partido en dos: un bloque enorme que se resiste a dejar Windows 10 y otro que ya ha abrazado Windows 11, con diferencias claras entre regiones y tipos de usuario. Mientras Microsoft apuesta por sistemas cada vez más conectados y centrados en la inteligencia artificial, buena parte de los 500 millones de ordenadores compatibles que aún no se han actualizado y el medio millar que ni siquiera pueden hacerlo siguen marcando el ritmo real del cambio, especialmente en mercados como el español y el europeo, donde el hardware se exprime hasta el límite.
