Usar menos Instagram y TikTok reduce la ansiedad y la depresión

  • Una semana reduciendo Instagram, TikTok y otras redes se asocia con menos depresión, ansiedad e insomnio en jóvenes adultos.
  • El tiempo total de pantalla apenas cambia: lo relevante es el uso problemático y la comparación social.
  • Instagram y Snapchat son, con diferencia, las plataformas más difíciles de dejar o reducir.
  • Expertos piden cautela: los efectos son modestos, variables y no sustituyen a un tratamiento profesional.

jóvenes reduciendo el uso de redes sociales

El vínculo entre redes sociales y salud mental juvenil vuelve a estar en el centro del debate. Un nuevo trabajo publicado en la revista médica JAMA Network Open apunta a que bajar el ritmo en plataformas como Instagram y TikTok puede traducirse, en apenas una semana, en menos síntomas de ansiedad, depresión e incluso problemas de sueño en jóvenes adultos.

Lejos de los titulares alarmistas, el estudio sugiere que no se trata solo de cuántas horas pasamos frente al móvil, sino de cómo usamos esas aplicaciones y qué tipo de relación tenemos con ellas. La reducción del uso de redes parece funcionar mejor como complemento a otros cuidados de salud mental que como solución milagrosa, pero los datos dan bastante que pensar a familias, profesionales y responsables de políticas públicas también en Europa.

Un experimento con jóvenes de 18 a 24 años

La investigación se llevó a cabo en Estados Unidos entre marzo de 2024 y marzo de 2025 con 373 jóvenes adultos de 18 a 24 años, un grupo de edad muy parecido al del estudiantado universitario español y europeo. Para participar, debían tener un móvil compatible y aceptar que su actividad se monitorizara mediante la aplicación mindLAMP, lo que permitió recoger datos objetivos más allá de lo que cada uno decía usar el teléfono.

El diseño constó de una primera fase de dos semanas de observación, en las que se registraron hábitos digitales y estado emocional sin pedir cambios de conducta. Después, quienes quisieron continuaron con una intervención voluntaria de siete días, una especie de “desintoxicación” de redes sociales, en la que se les pidió reducir al máximo el uso de cinco plataformas: Facebook, Instagram, Snapchat, TikTok y X.

De los 373 participantes iniciales, 295 completaron esa semana de reducción. A todos se les pasaron cuestionarios estandarizados sobre depresión, ansiedad, insomnio, soledad y patrones problemáticos de uso de redes, tanto antes como después del experimento, de forma similar a como se hace en muchos estudios clínicos europeos.

Además de esta parte subjetiva, la app y los sensores del móvil recogieron métricas como tiempo de pantalla, frecuencia de desbloqueo y patrones de movilidad (por ejemplo, cuánto tiempo pasaban fuera de casa), una técnica conocida como “fenotipado digital” que cada vez se usa más en psiquiatría y psicología.

teléfono móvil con redes sociales

Resultados: menos depresión, ansiedad e insomnio

Tras solo siete días intentando usar menos redes sociales, el grupo que completó la intervención mostró cambios que los autores consideran clínicamente relevantes. De media, los síntomas de depresión se redujeron un 24,8 %, la ansiedad bajó un 16,1 % y los problemas de sueño (insomnio) disminuyeron un 14,5 % respecto a los niveles iniciales.

Estas mejoras fueron especialmente marcadas en quienes partían de un cuadro de depresión moderada o severa. En ese subgrupo, la caída en los indicadores de malestar emocional fue superior a la media, lo que sugiere que las personas ya afectadas pueden notar más el efecto de reducir Instagram, TikTok y compañía, algo muy relevante para países europeos donde la depresión juvenil preocupa cada vez más.

Sin embargo, el estudio no detectó cambios significativos en la sensación de soledad. Los autores plantean que, aunque estas plataformas pueden empeorar algunos aspectos de la salud mental, también cumplen una función social importante: cortar de golpe ciertas redes podría reducir el malestar, pero también limitar la sensación de conexión con el grupo de iguales, algo clave en la adolescencia y la primera juventud.

Un detalle que rompe algunos tópicos: durante la semana de “detox”, el tiempo dedicado específicamente a redes sociales cayó de aproximadamente 1,9 horas al día a unos 30 minutos, es decir, a alrededor de la cuarta parte. No obstante, el tiempo total de uso del móvil no se desplomó, sino que incluso subió ligeramente.

Según los datos recogidos, el uso global del smartphone aumentó en torno a un 4,5 % y el tiempo que los participantes pasaron en casa creció cerca de un 6,3 %. Es decir, dejaron de hacer scroll infinito en TikTok o de revisar Instagram sin parar, pero sustituyeron esas actividades por otras digitales: mensajería, navegación web, videojuegos u otras apps.

No es la pantalla, es cómo la usamos

Una de las conclusiones más interesantes del trabajo es que el impacto en la salud mental no parece depender tanto del tiempo absoluto frente a la pantalla, sino del tipo de interacción con las plataformas. Los datos apuntan a que los comportamientos claramente problemáticos —como la comparación social negativa, revisar sin control el feed o la dependencia emocional de los likes— son los que más se relacionan con síntomas de depresión, ansiedad e insomnio.

De hecho, incluso cuando los jóvenes siguieron usando el móvil más minutos en total, el simple hecho de recortar el uso de redes como Instagram y TikTok, con su mezcla de vidas idealizadas, filtros y contenido hipercuradísimo, ya pareció aliviar parte del malestar. Este matiz casa con la visión de varios especialistas europeos, que insisten en que el verdadero problema es el uso adictivo y comparativo, no cualquier actividad digital.

El estudio respalda también la idea de que las pausas o reducciones puntuales —lo que popularmente se llama una “desconexión digital”— pueden tener efectos rápidos, aunque modestos, sobre el estado de ánimo. Frente a las intervenciones terapéuticas tradicionales, que suelen tardar semanas o meses en mostrar resultados, limitar una semana Instagram y TikTok es una medida barata, sencilla y al alcance de la mayoría.

Ahora bien, los autores recuerdan que estos cambios no convierten al “detox” de redes en un remedio mágico ni en una alternativa a la psicoterapia o a la medicación cuando son necesarias. Según subraya el psiquiatra John Torous, coautor del trabajo y profesor de la Facultad de Medicina de Harvard, reducir el consumo de redes “no sería la primera ni la única línea de tratamiento”, pero sí puede ser una herramienta complementaria que muchas personas pueden probar sin grandes riesgos.

En esa línea, varios expertos consultados en distintos medios señalan que, si alguien ya está en tratamiento por un problema de salud mental, puede tener sentido experimentar con descansos dirigidos de redes sociales para ver si ayudan a sentirse algo mejor, siempre con expectativas realistas y sin caer en soluciones simplistas.

Instagram y Snapchat, las más difíciles de soltar

Al analizar en detalle la conducta digital, los investigadores vieron que no todas las plataformas se reducen con la misma facilidad. Mientras que la mayoría logró aplicar un buen tijeretazo al tiempo pasado en TikTok o X, Instagram y Snapchat fueron otra historia: una parte importante de los usuarios no alcanzó una reducción clara de su consumo.

En concreto, el estudio señala que cerca de un 67,8 % de quienes usaban Instagram y un 48,8 % de los usuarios de Snapchat no consiguieron mantener una verdadera restricción ni siquiera durante esa única semana. Es decir, siguieron conectándose a estas aplicaciones con bastante frecuencia a pesar de las instrucciones de “desintoxicación”.

Este dato coincide con la experiencia cotidiana de muchos jóvenes europeos, para quienes Instagram es casi un “carné social” y Snapchat una vía constante de comunicación con el grupo. Los algoritmos de recomendación, las rachas, las historias efímeras y el miedo a “perderse algo” (el famoso FOMO) hacen especialmente complicado soltar estas apps, aunque uno se lo proponga.

Para padres, educadores y responsables de políticas en España y otros países de la UE, este matiz es relevante: no todas las redes plantean el mismo nivel de reto cuando se trata de moderar su uso. Programas escolares o campañas públicas que animen a “usar menos redes” tal vez tengan que centrarse específicamente en Instagram, TikTok y Snapchat, más que en el tiempo de pantalla genérico.

Al mismo tiempo, los autores se muestran prudentes ante la idea de prohibir totalmente estas plataformas, tanto en entornos educativos como a nivel regulatorio. Torous advierte de que vetarlas por completo podría tener efectos no deseados, sobre todo en términos de socialización, y defiende enfoques más finos, orientados a reducir el uso problemático en lugar de cortar por lo sano.

Un debate abierto y evidencias todavía mixtas

Los hallazgos llegan en un contexto de debate muy intenso sobre el papel del móvil y las redes sociales en la salud mental de la generación Z. Figuras como el psicólogo social Jonathan Haidt han señalado al smartphone como uno de los grandes responsables del deterioro del bienestar psicológico en adolescentes y jóvenes, lo que ha impulsado medidas para limitar el uso del teléfono en institutos y centros educativos de varios países.

Otros especialistas, sin embargo, piden ir con pies de plomo. Recuerdan que la literatura científica previa sobre “desintoxicaciones digitales” ha arrojado resultados muy dispares. Algunos metaanálisis recientes han encontrado efectos positivos, pero pequeños, mientras que otros concluyen que la media global de impacto de estas pausas es prácticamente inexistente.

En este caso concreto, varios investigadores apuntan que el diseño del estudio tiene limitaciones importantes. No se trató de un ensayo clínico aleatorizado clásico con un grupo de control asignado al azar que mantuviera su consumo habitual; fueron los propios jóvenes quienes se apuntaron voluntariamente a la reducción de redes, algo que puede introducir sesgos de motivación y de expectativas.

Expertos como el psicólogo Christopher Ferguson señalan que, sin una comparación clara con un grupo control, las cifras de mejora pueden ser difíciles de interpretar. Otros, como la investigadora Candice L. Odgers, recuerdan que si llevamos años repitiendo que las redes son malas y que tomarse un descanso es bueno, es bastante probable que las personas que aceptan pausar su uso esperen sentirse mejor y lo reflejen así en los cuestionarios.

A pesar de todo, hay también voces que ven estos resultados como un paso más en la misma dirección que otros trabajos. El psicólogo Mitch Prinstein, de la Asociación Psicológica Estadounidense, interpreta el estudio como parte de un cuerpo de evidencias que sugiere que, de media, quien se aleja de las redes durante un tiempo suele notar cierta mejoría en depresión, ansiedad y soledad, aunque sea modesta y no universal.

La clave, coinciden varios autores, es que no todas las personas reaccionan igual. En este tipo de intervenciones hay una enorme variabilidad individual: algunas mejoran bastante, otras apenas notan cambios y unas pocas incluso podrían empeorar si se sienten aisladas al dejar de usar las plataformas que les conectan con su entorno social.

Qué puede aportar este estudio en España y Europa

Aunque la investigación se realizó en Estados Unidos, sus conclusiones encajan con preocupaciones muy presentes en España y el resto de Europa: incremento de malestar emocional entre adolescentes y universitarios, debates sobre prohibir móviles en colegios o imponer límites de edad para abrir cuentas en redes sociales, y padres que no saben bien cómo gestionar el uso que hacen sus hijos de Instagram, TikTok o Snapchat.

El trabajo publicado en JAMA Network Open no ofrece recetas cerradas, pero sí algunas pistas útiles. Por un lado, sugiere que proponer a los jóvenes reducciones estructuradas del uso de redes —por ejemplo, una semana acotando a media hora al día las principales plataformas— puede ser una intervención razonable, barata y, para muchos, beneficiosa.

Por otro lado, recuerda que el foco debería ponerse menos en el simple conteo de minutos de pantalla y más en detectar patrones de uso dañinos: uso compulsivo, dependencia del feedback social, consumo pasivo y comparativo de contenido, desplazamiento de sueño o de actividades offline importantes. En Europa, donde se están desarrollando regulaciones para plataformas digitales, este matiz puede ayudar a orientar mejor las políticas.

También deja claro que no podemos cargar sobre el individuo toda la responsabilidad. Si Instagram y TikTok están diseñadas para maximizar el tiempo de permanencia y la interacción, pedir a un joven que “simplemente las use menos” sin cambios en el diseño de las apps o en el entorno social es, en muchos casos, ponerle las cosas muy cuesta arriba. De ahí que algunos expertos aboguen por combinar educación digital, límites razonables en centros escolares y regulaciones que reduzcan las dinámicas más adictivas.

El estudio refuerza una idea que cada vez suena más tanto entre clínicos como entre familias: bajar el volumen de Instagram y TikTok no lo arregla todo, pero puede ser una pieza más del puzle para aliviar la ansiedad y la depresión en jóvenes, siempre que se haga de forma consciente, adaptada a cada persona y sin olvidar que, detrás de la pantalla, hay toda una vida que conviene cuidar al menos tanto como el número de notificaciones.

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