Windows 10 recupera terreno mientras Windows 11 pierde usuarios

  • Windows 10 gana cuota de mercado a costa de Windows 11 pese a estar fuera de soporte.
  • Los datos de Statcounter apuntan a varios meses seguidos de retrocesos para Windows 11.
  • Los fallos de actualizaciones, la IA intrusiva y los requisitos de hardware alimentan el rechazo.
  • Microsoft promete centrarse en rendimiento, fiabilidad y experiencia de uso para frenar la fuga.

Windows en PC sobremesa

Windows 10 se resiste a desaparecer y, contra todo pronóstico, está recuperando usuarios a costa de Windows 11. Lejos de seguir la evolución habitual en la que la versión más reciente del sistema operativo va ganando terreno de forma sostenida, la realidad que reflejan las estadísticas es bastante diferente: una parte de los usuarios está dando marcha atrás y volviendo a una versión más antigua, pero más estable.

La situación resulta llamativa porque Windows 10 dejó de tener soporte estándar en octubre de 2025, y aun así gana peso en el mercado. Los datos disponibles apuntan a que muchos usuarios, tanto particulares como avanzados, están optando por reinstalar o mantener Windows 10 tras probar Windows 11 y encontrarse con errores recurrentes, cambios de interfaz poco prácticos y una integración de funciones de inteligencia artificial que no termina de convencer.

Windows 10 recupera cuota mientras Windows 11 se estanca

Comparativa Windows 10 y Windows 11

Las cifras de Statcounter, una de las firmas de medición de uso de sistemas operativos más citadas, dibujan un cambio de tendencia durante los últimos meses de 2025 que se mantiene a comienzos de 2026. En octubre de 2025, Windows 11 concentraba en torno al 55 % de la cuota mundial, mientras que Windows 10 rondaba el 41 %. Dos meses después, el reparto había variado de forma perceptible: Windows 11 caía a algo más del 50 %, mientras que Windows 10 subía por encima del 44 %.

En diciembre, los datos se movían en esa misma línea: Windows 11 se situaba sobre el 50,7 % y Windows 10 alcanzaba aproximadamente el 44,6 %. No es un vuelco total del mercado, pero sí una señal clara de que el avance de Windows 11 se ha frenado, y de que una parte de la base de usuarios ha decidido dar marcha atrás. Es especialmente significativo que esta subida no venga impulsada por ventas nuevas de equipos, ya que los ordenadores recientes se comercializan casi en su totalidad con Windows 11 preinstalado.

Lo que reflejan estos porcentajes es un trasvase interno entre versiones de Windows. No hay una entrada masiva de PCs antiguos que estuvieran apagados ni nuevos despliegues corporativos con sistemas obsoletos. La explicación más lógica es que parte de quienes estaban utilizando Windows 11 han optado por migrar de nuevo a Windows 10, o incluso a ediciones más antiguas, mediante reinstalaciones o downgrades deliberados.

Otro dato llamativo es que Windows 7 también ha registrado un ligero repunte, situándose cercano al 4 % de cuota global. No se trata de un crecimiento espectacular, pero sí de un movimiento difícil de justificar por simple inercia: en 2026 nadie llega a Windows 7 por accidente, así que cada punto adicional implica decisiones conscientes de instalar o mantener un sistema oficialmente retirado.

Aunque Statcounter no es una fuente oficial de Microsoft, y sus métricas se basan en muestras de tráfico web, la tendencia se extiende durante varios meses seguidos, lo que hace poco probable que estemos ante un simple ruido estadístico. Tres meses consecutivos de subida para Windows 10 y Windows 7 y de retroceso para Windows 11 apuntan más bien a un cierto castigo del mercado hacia la última versión del sistema.

Actualizaciones problemáticas y una experiencia poco pulida

Entre las razones que explican este movimiento destaca la percepción de que Windows 11 no ofrece la misma sensación de solidez que su predecesor. A las críticas iniciales por los requisitos de hardware más estrictos —con la obligatoriedad de TPM 2.0, Secure Boot y procesadores relativamente recientes— se ha sumado una cadena de actualizaciones que, en lugar de mejorar la experiencia, en ocasiones la han empeorado.

Durante los primeros compases de 2026, uno de los parches acumulativos más importantes, destinado a corregir decenas de vulnerabilidades en Windows 11, terminó introduciendo nuevos fallos. Algunos usuarios se encontraron con bloqueos en el apagado, errores en aplicaciones gráficas y problemas de rendimiento con programas de uso cotidiano, incluyendo herramientas ofimáticas y software de escritorio remoto.

Más grave aún, determinados equipos comenzaron a mostrar la temida pantalla azul con errores de arranque, lo que dejó a varios sistemas atrapados en bucles de reinicio difíciles de resolver para un usuario medio. Estos incidentes, aunque no afectasen al total de la base instalada, han tenido un impacto notable en la imagen de fiabilidad del sistema, especialmente entre quienes ya venían arrastrando pequeñas incidencias tras anteriores actualizaciones.

Para complicar más las cosas, no todos los problemas se limitan a usuarios avanzados. Otros parches posteriores, lanzados con la intención de estabilizar la plataforma, generaron fallos en funciones tan básicas como la cámara web, la pantalla de bloqueo o determinadas opciones de inicio de sesión. En un entorno en el que muchas personas trabajan o estudian desde casa, encontrarse con videollamadas que dejan de funcionar o contraseñas que generan errores tras un reinicio no es precisamente algo menor.

Buena parte de estas actualizaciones llegan de forma automática, especialmente si el usuario ha dejado activadas las opciones de recibir funciones en fase temprana. Sin apenas margen de control ni información clara, una parte del público percibe que el sistema cambia demasiado a menudo y que cada parche trae consigo el riesgo de romper algo que funcionaba correctamente el día anterior.

Inteligencia artificial y cambios de interfaz que no convencen

Más allá de los errores técnicos, otro de los factores que explican esta vuelta a Windows 10 es la sensación de que Windows 11 ha dado prioridad a la integración de inteligencia artificial y a ciertos cambios estéticos por encima de la estabilidad y la usabilidad. El rediseño del menú Inicio, la barra de tareas con menos opciones de personalización o la mayor presencia de servicios de nube y publicidad en el sistema han generado un rechazo notable en parte de la comunidad.

La incorporación de Copilot, el asistente basado en IA, en rincones cada vez más numerosos de Windows 11 ha alimentado también un debate sobre su verdadera utilidad. Muchos usuarios consideran que este tipo de funciones no resuelve problemas reales del día a día, mientras que sí consumen recursos y añaden complejidad. En España y en otros países europeos, donde las preocupaciones por la privacidad digital y el tratamiento de datos personales están muy presentes, la idea de un sistema operativo con más telemetría y más automatismos despierta ciertas reservas.

El ejemplo más claro de este choque ha sido el proyecto Windows Recall, una función pensada para registrar de forma continua lo que el usuario ve en pantalla para permitir búsquedas posteriores sobre esa actividad. La propuesta levantó una fuerte polémica, al combinar capturas frecuentes del escritorio con dudas sobre el cifrado de esos datos y la posibilidad de acceso por parte de terceros. Ante la reacción negativa, Microsoft se ha visto obligada a transformar esta función en algo claramente opcional y con una presencia mucho más limitada.

De manera paralela, la compañía ha decidido pausar la expansión agresiva de Copilot en algunas aplicaciones integradas, como el Bloc de notas o Paint, y revisar si todas esas integraciones tienen sentido práctico. Es un primer intento de rebajar la sensación de que la inteligencia artificial se estaba introduciendo «con calzador» en casi cualquier rincón del sistema, incluso en tareas donde el usuario no la había pedido ni la necesita.

Todo esto se suma a un cambio de rumbo que, según los propios responsables de Windows, pasará por dar prioridad al rendimiento, la fiabilidad y la experiencia general antes que seguir añadiendo capas de funciones experimentales. Sobre el papel, el objetivo para 2026 es recuperar parte de la confianza perdida y rebajar el ruido generado por tantos cambios en tan poco tiempo.

El papel de Windows 10: menos novedades, más tranquilidad

Mientras tanto, Windows 10 se ha consolidado como una especie de refugio para quienes quieren un entorno conocido y sin sobresaltos. No ofrece grandes novedades, ni presume de integración de IA en cada esquina, pero precisamente ahí reside su atractivo para una parte importante del público. El sistema es bien conocido por usuarios y empresas, las aplicaciones se comportan de forma previsible y la interfaz apenas ha variado en los últimos años.

En España y en el resto de Europa, muchos equipos de trabajo siguen funcionando con Windows 10, en parte por la inercia de grandes parques informáticos que no cambian de un día para otro, y en parte por cierta prudencia a la hora de dar el salto a una versión que todavía arrastra críticas. Aunque el soporte estándar haya finalizado, existe la posibilidad de acogerse a programas de soporte ampliado de pago, algo que muchas organizaciones valoran como un coste asumible si a cambio evitan tener que rehacer flujos de trabajo y herramientas internas.

En el ámbito doméstico, la historia es algo distinta, pero el resultado se parece: usuarios que actualizaron a Windows 11 y han preferido volver atrás después de experimentar problemas de rendimiento, incompatibilidades con software antiguo o simplemente incomodidad con la nueva interfaz. El llamado «efecto rebote» está detrás de buena parte de las cifras de redistribución de cuota que muestran los estudios.

Además, el hecho de que Windows 10 funcione de forma más ligera en equipos con varios años a sus espaldas es un argumento importante. No todo el mundo renueva su PC o su portátil con frecuencia, y los requisitos adicionales de Windows 11 dejan fuera a una parte del parque de ordenadores que, sobre el papel, aún tienen mucha vida útil. En ese contexto, la idea de mantener un sistema que «simplemente funciona» resulta bastante tentadora.

Resulta paradójico que, en pleno despliegue de nuevas funciones basadas en IA y en un momento en que la industria empuja hacia experiencias cada vez más conectadas, una parte de los usuarios esté apostando por un sistema más clásico, predecible y discreto. Pero esa paradoja resume bien el estado actual del ecosistema Windows: la innovación no siempre se percibe como una mejora si viene acompañada de fallos, intrusividad o una curva de aprendizaje innecesaria.

La respuesta de Microsoft: cambio de prioridades para 2026

Ante este escenario, Microsoft ha admitido públicamente que Windows 11 no está cumpliendo las expectativas en varios frentes clave. Pavan Davuluri, máximo responsable de Windows y Dispositivos, ha reconocido que el mensaje recibido desde la comunidad de usuarios y probadores es nítido: hay que centrarse en mejorar el sistema en aspectos que sean realmente importantes para la gente, empezando por la estabilidad y el rendimiento.

La compañía se ha comprometido a revisar su hoja de ruta para el sistema operativo y a dedicar más recursos a resolver errores persistentes, optimizar componentes básicos como el explorador de archivos y simplificar determinadas áreas de la interfaz. Se trata, en teoría, de priorizar lo fundamental antes de seguir ampliando la lista de funciones visibles en los anuncios, pero poco útiles en el día a día.

Este giro de enfoque no implica renunciar a la inteligencia artificial, que sigue siendo uno de los pilares estratégicos para Microsoft, pero sí supone rebajar el ritmo de integración forzada en todas las aplicaciones posibles. La pausa en la expansión de Copilot y el replanteamiento de funciones polémicas como Windows Recall encajan dentro de este movimiento, que busca evitar un mayor desgaste de la imagen de Windows 11.

En paralelo, la empresa es consciente de que la competencia ha ganado visibilidad. En el terreno del juego en PC, soluciones como SteamOS, basado en Linux, han demostrado que es posible ofrecer experiencias de calidad sin depender de Windows, y algunas distribuciones generalistas han mejorado notablemente en rendimiento y compatibilidad. Aunque todavía no existe un sustituto perfecto que cubra todos los usos habituales, la mera existencia de alternativas viables ejerce presión adicional sobre Microsoft.

En el ámbito profesional, macOS sigue siendo una opción sólida para muchos perfiles creativos y de oficina, reforzada por el ecosistema de hardware propio de Apple. Esta combinación, sumada al descontento visible en foros, redes sociales y comunidades técnicas con la dirección que ha tomado Windows 11, ha obligado a los de Redmond a tomar nota y prometer cambios más tangibles que simples declaraciones bienintencionadas.

La gran incógnita ahora es si estos compromisos se traducirán en mejoras palpables para el usuario medio europeo y español: menos fallos tras cada actualización, un rendimiento más estable en ordenadores de gama media y una interfaz que permita trabajar con comodidad sin verse obligada a convivir con funciones que no se necesitan. Si ese ajuste de rumbo llega a tiempo, Windows 11 podría reconducir su trayectoria y volver a ganar terreno sin necesidad de empujar al usuario a base de avisos y recordatorios.

Por ahora, la fotografía que ofrecen los datos es clara: Windows 10 sigue ganando usuarios frente a Windows 11, incluso sin soporte estándar, porque muchos priorizan un entorno robusto y conocido frente a novedades que aún no han madurado del todo. La decisión está en manos de Microsoft: o consigue que su versión más reciente ofrezca la misma confianza que su antecesora, o tendrá que seguir conviviendo con un sistema antiguo que se niega a bajar del escenario.

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